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A la sombra del cuento- Irlanda Tostado- Ana Cantú- Alejandro Juárez- Jana Padilla- Laura Pini- Marifa- Gaby Torres- El Faro Cultural- Literatura- Guadalajara- Narrativa- La Zonámbula

 
enero de 2013

 

A la sombra del cuento- Irlanda Tostado- Ana Cantú- Alejandro Juárez- Jana Padilla- Laura Pini- Marifa- Gaby Torres- El Faro Cultural- Literatura- Guadalajara- Narrativa- La Zonámbula

 

  • A la sombra del cuento nueva antología de cuento de La Zonámbula

 

  • La integran los narradores: Ana Cantú, Alejandro Juárez, Jana Padilla, Laura Pini, Marifa y Gaby Torres

 

 

A Ana Cantú la leí un miércoles por la mañana rumbo al trabajo, lo cual resultó ser una tarea azarosa, pues justo cuando me disponía a leer, se sentó junto a mí una mujer de grandes proporciones, algo que Botero,en la cúspide de su ímpetu creativo, muy probablemente hubiera agradecido, pero para mí que no tenía más pretensiones artísticas que asumirme como lectora frente a un libro, me pareció poco afortunado mantener el libro abierto con los brazos replegados. “Testigos rojos”, el cuento con el que abre esta Antología, fue leído en medio del olor a huevos revueltos con plástico de Tupperware y el aroma a shampoo y perfumes con fragancias primaverales, a pesar de estar a la puerta del invierno.Mientras leía pensaba que Ana es muy buena narradora, que sus cuentos son grandes porque están conformados de pequeñas cosas. Un choque a la altura del Sirloin de Conchitas desvió mi atención.Cuando vi que no se trataba de ningún accidente grave, me dispuse a leer “El Colibrí”, luego “El niño y el cerdo”, seguido de “La sopa de Lupita”. Recordé que a mi madre tampoco le gusta hacer sopa de letras, y como a Lupita, me dieron ganas de indagar en sus razones.

     En este momento, mi acompañante se dispuso a dejar el asiento, lo cual me hizo sentir un gran alivio; sin embargo, pronto fue nuevamente ocupado por otra mujer de proporciones aún mayores que la anterior, lo cual lejos de ser una graciosa casualidad, me pareció un episodio casi karmático. Ana, narradora de lo cotidiano, ¿Qué cuento habría hecho de mi penoso caso? Encontré entonces entre sus cuentos uno titulado precisamente “Gorda”, mi teoría del karma parecía estar comprobada. No pude evitar una risa interior, de esas que uno reprime por estar en un espacio público y que hacia el exterior se manifiesta como una simple sonrisa. ¡Bonito sarcasmo literario del que estaba siendo objeto!, afortunadamente antes de pensar en mis dos acompañantes como piñatas que se baten a palos, como le ocurrea la protagonista del cuento, ya había llegado a la parada donde habitualmente bajo.

     Ese mismo día por la tarde fui a comer a casa, puesto que había acordado una cita con el jardinero, para que hiciera lo suyo con mi pobre y abandonado jardín. Después de comer, me dispuse a hojear nuevamente el libro para leer a Alejandro Juárez, mientras allá afuera volaban otro tipo de hojas y otro tipo de palabras, atrapadas en melodías populares. Con Alejandro me pasó que escuché su voz, así clarita, como cuando nos leía sus cuentos en las tardes-noches de taller, con una propiedad y una elocuencia tales, que son a su vez, una burla atenta y respetuosa a la propiedad y a la elocuencia mismas. En medio de estas reflexiones leí “El callejón de asfalto”, luego vino “El despojo”, uno de los primeros cuentos que conocí de Alejandro, más no el primero que me hizo sorprenderme y maravillarme con su forma de ir y venir con las palabras, porque eso lo supe desde la primera vez que compartí una clase con él. Cuando lo leo siempre pienso que se trata de un escritor que ha leído mucho sobre todo tipo de temas, no sólo narrativa y que eso que lee, se vuelve luego la materia prima de sus cuentos tan ricos en temas e historias.

 

    Se hizo la hora de volver al trabajo, tomé nuevamente el camión y esta vez completamente sola, sin nadie que turbara mi lectura, me dispuse a leer “El retrato”. Me encantó leer a un diputado envuelto en un escándalo -lo cual es habitual- en una situación tan poco habitual como ser el protagonista de un retrato, que lejos de mostrar el paso del tiempo, muestra los estragos de la corrupción, la voracidad y la lascividad que caracterizan a gran parte de nuestros representantes populares. Fue inevitable pensar en el reciente escándalo en que se vio envuelto el -muy respetado-pintor Santiago Carbonell, quien después de darse a conocer como el autor del retrato oficial del -poco respetado- expresidente Felipe Calderón, se vio obligado a cerrar su cuenta de Facebook en medio de una lluvia de críticas. Mientras leía “Matiana”, pensaba que es curioso como la ficción te lleva a la realidad y viceversa y eso sólo puede lograrlo quien es capaz de sentarse en un café frente a una sexshop, esperando que llegue la historia a que habrán de dar forma sus letras. Alejandro, además de ser “el carismático Alex” es un gran escritor que cruza los límites de la ficción y la realidad siempre con sutileza y con un gran sentido del humor. Y antes de que por mi mente cruzara la idea de que a nuestro expresidente le pasara lo mismo que al retrato del diputado protagonista del cuento, alcancé a llegar a la oficina libre de culpas y remordimientos.

     Y en medio de letras e historias deshilvanadas se llegó el fin de semana. El sábado fue un bonito día, de esos en que las primeras lagañas que uno ve al abrir lo ojos, son los de la persona amada, de esos en que uno se levanta tarde y sin salir aún de la cama, salpica las mañanas de jazz y besos y sacia el hambre de la tarde con unos mariscos frescos y una coca-cola bien helada. A pesar de que pintaba para ser un día extraordinario en la ciudad, mi plan de viajar a mi pueblo a visitar a mi familia, era tan deseado como ineludible, así que me encaminé hacia la Central Nueva leyendo los cuentos de Jana Padilla. “La casa amarilla” fue leído a bordo del 644 B Revolución Directo, en medio de niños que lloraban, parejas que se besaban, atracones, jaloneos y semáforos que duraban un señuelo. Luego me dispuse a leer “Moro”. Francamente no pude evitar sentir cierto remordimiento ante mi gusto adquirido a muy temprana edad, por la fiesta brava. Luego pensé que Jana no tiene pelos en la lengua, ella habla como piensa y piensa como escribe. Franca, clara y directa. Actitudes que a algunos les podrían parecer un tanto frías, pero cuando uno lee cuentos como el de “Piñata”, se da cuenta de que una persona sólo puede comunicarse de una manera tan clara si es capaz de conectarse tan directamente con su corazón. Jana se duele del dolor ajeno y  lo hace cuento.

      Llegué a la central a eso de las 4 de la tarde.  Habiendo preguntado por la próxima corrida a San Miguel…”el Alto señorita”-le dije a la personaque me atendió-, “San Miguel el Alto, no San Miguel de Allende”,-insistí procurando pronunciar tan correctamente como pudiera y con el orgullo alteño profundamente herido- me comentó que el próximo camión salía a las 6 de la tarde…¡Uff! Me desanimé ante la idea de que tendría mucho tiempo para esperar, luego me consolé pensando que, desde otra perspectiva, tendría mucho tiempo para leer.

     Así, comencé a leer a Laura Pini, desde una banca de la Central Nueva. Procuré sentarme en el asiento más solitario donde poder escabullirme en medio del ir y venir de los viajeros. Esta también fue una mala decisión, pues mientras leía el cuento “Inconclusa de Schubert”, una señora sentada justo detrás de mí, no paraba de hablar. Que si hacía mucho calor, que si llegarían muy tarde, que si ya viste a esa muchachita con el chorcito tan rabón “luego se quejan porque les dicen cosas”, profería la mujer de avanzada edad ante el silencio y la inmutabilidad del que parecía ser su marido. Luego me dispuse a leer “Maquiavelo”, en medio del ruido de las seis pantallas que transmitían con bomba y platillo el evento estelar de Televisa: el “Teletón”, eso si que es maquiavélico, pensé, todo un año de mentira y manipulación debe esperar hasta diciembre para redimir sus culpas y autoafirmar su vocación filantrópica o mejor dicho filantropomórfica…Y así en diciembre, nos cuentan la última de sus mentiras: “Nosotros somos la familia televisa, llena de bondad y amor por el prójimo y ustedes el pueblo más generoso del mundo, por lo que los invitamos a donar un pesito para poder deducir nuestros impuestitos, -porque ¡Ah qué caros salen!- Ustedes a cambio podrán expiar sus propias culpas y hacer su obra de caridad anual; ahora que si usted es empresario, ¡Tanto mejor!, que lo habremos de ayudar para que usted tampoco pague impuestos”.

     A las 5:45 p.m. se hacía un llamado a los pasajeros con destino a San Miguel el Alto a abordar en el carril número 5. Tomé un asiento junto a la ventanilla y apenas el camión se puso en marcha continúe con mi lectura. Primero “El carnicero y la princesa”, uno de los cuentos de Laura que más me han impresionado. Y eso me pasa con Laura, que sus cuentos simplemente me impresionan. Me pasa también que me identifico mucho con ella, con su gusto por los viajes, por el arte y por la historia y en medio de estas reflexiones, la tarde se fue pintando de gris. Pensé que a Laura le gustarían esas tardes melancólicas, ideales para asistir a un funeral a través de un cuento o al funeral del cuento mismo.

     A Marifa la leí en mi habitación, o mejor dicho, la que alguna vez lo fue, cuando la casa de mis padres era todavía mi casa y su cuarto mi cuarto. Así empezó la lectura de “Sherlock Claus”, esa clase de cuentos protagonizados por niños que no precisamente son infantiles sino y antes bien, cuentos que cualquier adulto debería leer…un cuento sobre un niño que descubre la verdad sobre Santa Claus y que sin embargo, decide voluntariamente dudar, solo para volver a recuperar la inocencia. No quisiera ser determinante, pero me veo obligada a decir que fue el cuento que más me gustó, me parece que reúne la esencia de Marifa, una mujer de escritura fluida que con gran sencillez logra narrar de manera asombrosa, historias igualmente asombrosas. Creo que lo que más disfruto de Marifa son sus finales, siempre tan certeros como incisivos, tan sorprendentes como contundentes. Mientras leía “El cazador”, allá afuera las televisiones a todo volumen, vociferaban el triunfo de Márquez dedicado a Enrique Peña Nieto, mientras la herida de julio y del primero de diciembre, sangraban todavía. Mientras el gobierno le da “pan y circo” al pueblo descontento, Marifa nos regala lirismo y corazón.

     El domingo también fue lo que se dice “un buen día”: chilaquiles de mamá y atolito de cajeta para el frío que nunca hace tregua, nunca en los Altos de Jalisco. Un baño con agua más limpia que la de la ciudad, vendimias en los portales y pozole en casa de la abuela. A eso de las 5 de la tarde emprendí el camino de regreso a la ciudad. Desprenderse del terruño siempre duele.

     A Gaby Torres la leí durante el camino de regreso a Guadalajara, “Mnemosina arde”, el primer cuento en orden de aparición, termina su historia un día sábado 9. Pensé que hoy también era un día 9 y que contrario a lo que sucedía en el cuento, éste si había sido un buen día para hacer compras y hacerme de mis botas de piel de León, Guanajuato a las que tantas ganas les traía desde hace tiempo. Luego leí “Mantas”,suspendida aún en ese espacio–tiempo donde me embarga la tristeza, porque ya no estoy en mi pueblo y aún no puedo divisar la ciudad. En medio de la lectura, me di cuenta de que las hojas del libro se pintaban de un naranja intenso. Cuando elevé la mirada, tuve ante mí el espectáculo del ocaso, de esos que solo se pueden ver en tierras de aires limpios y cielos despejados.

     Pensé sin embargo que ese espectáculo era más hermoso que otros días. Una chica sentada en el asiento de adelante, atrapaba imágenes del ocaso en su iPad, lo cual confirmó la teoría. Así que leí a Gaby acompañada de un sol grande y radiante, extraordinario por su luz y su color. Y así la imaginé, tan luminosa siempre, irradiando luz a nuestras ideas a veces tan confusas, dando cauce a las palabras que a veces se amontonan. Pensé qué mucho he aprendido de ella y poco la he leído, -si es que esto es posible- y que si la escucho le aprendo y que si la leo la disfruto. Leí entonces a la maestra y a la escritora, la que en ambos roles comparte y da siempre a manos llenas. Rematé luego con “Media Mirada”. Afortunadamente terminé el último cuento antes de que la luz se fuera por completo, pues de haber seguido, me hubiera quedado con
“media mirada” como la protagonista.

     Esto es “A la sombra del cuento”, una colección de historias para ser leídas en el camión, en la soledad de la recámara, al borde del atardecer, después de unos chilaquiles por la mañana, en la carretera, después de la ducha…cuentos que se entrelazan con otros cuentos, que se mezclan con las historias cotidianas, que se enredan con la ficción y se desenredan de la realidad, cuentos que se narran a la par que alguien narra las historias de nuestras propias vidas.

 

 

 

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