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José Luis Gómez Lobo | Oración por el padre difunto | Editorial Arlequín | El Faro Cultural | Novela

 
enero de 2013

 

José Luis Gómez Lobo | Oración por el padre difunto | Editorial Arlequín | El Faro Cultural | Novela

 

  • Oración por el padre difunto es la segunda novela de José Luis Gómez Lobo y fue publicada por la editorial tapatía Arlequín.
  • En algunos capítulos se indica qué canción escuchar para acompañar la lectura.

 

Oración por el padre difunto es la segunda novela de José Luis Gómez Lobo, publicada –al igual que La otra pantalla– por la editorial tapatía Arlequín en octubre de 2012. En su primer obra Gómez Lobo tomó a la televisión como un objeto alrededor del cual gira la trama; en esta ocasión no hay un aparato que tenga el protagonismo, pues no puede decirse que la música que se escucha en muchos de los capítulos provenga de un radio, aunque en algunos casos así se lee, de manera explícita: la música de algunos locales comerciales sale más allá de los límites de estos e invade la banqueta y sigue su camino, creando una atmósfera musical en la vía pública. Sin embargo el autor no se conforma con decir que los personajes escuchan tal o cual canción, sino que a manera de las acotaciones teatrales sugiere, o a veces hasta usa el imperativo, para indicar qué canción ha de escucharse para acompañar los párrafos siguientes, lo cual constituye un elemento que genera interactividad entre el lector y el libro.

     El repertorio musical es muy variado y va desde los Doors, Status Quo y los Ramones a Kenny G, con cuyas suaves melodías se trata de llenar los oídos de los dolientes en el velorio de don Tencho, en el cual también se escucha “«Michelle» de los Beatles a puro piano” o una versión instrumental del tema de la película Titanic. Para dar una idea aproximada del soundtrack de la novela debe mencionarse que éste se integra, entre varias más, por las siguientes canciones: “Tú, yo y las rosas”, de Los Picolinos, “Cuando me enamoro” de Angélica María, “Whole Lotta Rosie” de AC/DC, –las primeras dos enmarcan una discusión entre esposos, la tercera la interferencia en la misma por parte del suegro y el cuñado, quienes con bastante agresividad hacen derivar la escena conyugal en una pelea campal a media calle, que involucra todavía a más familiares y que convierte a los vecinos en un público entusiasta–, “El cascabel”, “El son de la negra”, “El jarabe tapatío”, “Perros” de El cártel de Santa, “Luto en mi alma” de Los Terrícolas, “Qué grosero” de Las ultrasónicas, “Insight” de Joy división, “Cómo te voy a olvidar” de Los Ángeles Azules, “La múcura” de Rigo Tovar, “La cabrona” de la Banda Jerez, “Waiting for a miracle” de Leonard Cohen –en este punto el autor indica que tanto la lectura como la canción deben acompañarse de una cerveza–, “Nasty sex” de La Revolución de Emiliano Zapata –en este caso se debe acompañar no con una bebida, sino con un toque de mota– y para cerrar el repertorio, “Rex Tremendae” del Requiem  de Mozart.

     El soundtrack y el hecho de que la novela inicie con una escena a la cual le sigue una página con el título, además de lo visual que resulta en general toda la obra, hacen que Oración por el padre difunto sea por momentos lo que bien podría llamarse “la lectura una película”, cuya historia se desarrolla en la colonia Las Piedritas, un sitio como cualquiera en nuestra ciudad, o en otras ciudades, en el cual hay algunas calles empedradas, algún corral que sobrevive desde que llegaron los primeros habitantes, negocios como los que hay en todo lugar y gente como la de todas partes, que no por ello dejan de ser peculiares: Basilio, narrador de los hechos y poseedor de una curiosidad que lo lleva a querer saber todo; don Tencho, quien es asesinado en la primera escena y en vida quiso cumplir sueños que nunca logró; Nicolás, genio en su infancia y empedernido lector de la Biblia en su adultez, además de asesino de don Tencho; Fermín, quien se quedó en la época del rock; Juan, quien se quedó –se instaló, mejor dicho– en la de Pedro Infante; Beto, apodado el “Mariquetas” y cuyo mayor sueño es tener “un buen par de tetas”; el Centellita, camionero brutal, feo, grosero, despiadado y burlesco; y el Kiss, tipo un tanto deforme adicto al tonsol. Las mujeres jóvenes, como Aserina o la hermana del Kiss, son vistas a distancia; las de mayor edad son personas fugaces, conocidas de la madre de Basilio, quien heredó al hijo el don de dormir poco y querer saberlo todo.

     Las Piedritas es un lugar peligroso, donde se cometen violaciones y un trayecto de unas cuadras puede ser el escenario de un asalto o hasta de una muerte si no se camina con prisa, donde se vende droga y a veces un grupo de sicarios pasa por ahí. Es también un lugar de encierro del cual nunca se sale, así como tampoco se escapa de la cotidianeidad que impone sobre sus habitantes, la cual está presente en todos y cada uno de los días. Esa es la razón de la aparición de tantas canciones: sólo con ellas se supera el tedio y el tiempo puede medirse, dice Basilio, pues en el silencio todo es igual: los días, los rostros, los destinos. Todo es lo mismo y la vida transcurre sin posibilidad de asirse a algo hasta que un día un hombre muere y se transforma en comida servida en un ataúd y disputada por dios y el diablo, y para que se vaya con el primero se debe rezar mucho.

     La novela casi en su totalidad ocurre en una noche, la del velorio. Esto no es impedimento para saber qué pasó antes: los breves capítulos cuentan lo ocurrido en diferentes periodos, y así el lector, para saber los hechos que desataron el crimen, salta en el tiempo, más nunca en el espacio, pues la colonia no es abandonada ni siquiera por el Centellita, quien hace su recorrido dentro de su minibús con vidrios oscuros a los lados, lo cual lo hace parecer estar encerrado y sin haber salido en verdad, además de que su ruta no es muy extensa, o por Mario, quien al subir a la ruta 10 se convierte en Marlon, y después de sus aventuras acaba otra vez cautivo, sin poder abandonar la casa paterna. Las Piedritas no puede ser abandonada si no se está muerto.

     Oración por el padre difunto no sólo es la historia de un asesinato, también es la de un velorio y de un bate de beisbol -el arma homicida-, así como la de Las Piedritas, pues los saltos en el tiempo llegan hasta los orígenes de la colonia, varias décadas antes, así como a la juventud de algunos de los que en ella ven pasar sus vidas. En todas ellas se muestra la decadencia de la paternidad, a la vez que de nuestra sociedad: ser padre es una tarea ardua, dice Basilio, y por tanto una de las primeras en ser abandonadas cuando las circunstancias no son sencillas; así todos los hombres que son padres en la novela al estar ausentes, o en todo caso presentes pero como si no lo estuvieran, ponen de manifiesto "el estado de evanescencia en que se encuentran los vínculos que a lo largo de la existencia nos han unido", lo cual hace evidente "la destrucción de nuestras formaciones sociales, desprecio por el orden y la implantación de un reinado de muerte".

 

 

 

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