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junio de 2013

 

  • "Me di cuenta de cuán masoquistas éramos... no sólo pagábamos por ser pateados y mallugados, también pagábamos por pagar más por un agua, por caer de borrachos al suelo, por ser pisoteados, por aguantarnos las miadas y las cagadas, por morirnos de hambre, por resfriarnos, por estar quemándonos bajo el duro sol jalisciense de mayo, ... como buen masoquista, lo disfrutaba uno, terminaba contento y con ganas de que volvieran a venir, para volver a pagar y volver a sufrir."

 

♪♪ There's a cold wind in the winter of my mind
A season that lasts through all changes in time
I try so hard sometimes
I wish there was a raincheck on tomorrow
Not ready to deal with what I don't wanna find ♪♪

I

Puse la melodía antes de subirme al 380. Tenía pensado que sería un día perrísimo. Había pagado 600 pesos para ver a los Suicidal Tendencies, y llevaba en contado 700 pesos para darles en toda su madre y venirme bien cargado con alguna de sus mercancías. Total, cómo no gastar por esa banda clásica de la escena hardcore punk de finales de los 80's. Está bien, ya no contaban en sus filas con los miembros originales, nunca vería a Robert Trujillo darle esos latigazos al bajo en la de Nobody hears, pero al menos quedaba su vocalista y líder, Mike Muir; tampoco eran los morros llenos de energía y poderío de Possessed to skate, pero qué importaba, no tenía nada de malo darme un gusto, quizá nunca los volvería a ver en vivo, más de 15 años en escena no debían ser fáciles; no me pasaría lo que me ha pasado con Slayer, a los cuales nunca he visto por falta de dinero. 

El estribillo melódico Monopoly of sorrow llegaba a su extinción antes de una explosión de poderío hardcore. Ya me imaginaba ahí moviendo el bote, saltando como loco; sí, ya me veía repitiendo y gritando War inside my head, War inside my head mientras pateaba culos y espaldas en esa vorágine llamada mosh.

Dos morros iban en la parte trasera, seguro se dirigían al show, no había mucha ciencia en descubrirlo: unas botas negras y jeans de mezclilla rotos y arremangados, y la playera de Morbid Angel sin mangas los delataba. El calor era tal que bebían un agua fresca, bueno, al menos eso parecía, pero yo era lo bastante listo como para saber que dentro de ese bote de a litro iba una caguama ya tibia.

Timbre antes de cruzar la carretera a Chapala, sabía el rumbo, debía tomar algún camión foráneo; era casi la 1 de la tarde, hacía un maldito sol infernal, ad hoc para el momento; Hell habría, lo que me causaba duda era si tendríamos Heaven. Todo el ambiente se sentía muy reseco, el sol te quemaba como tortilla.

 Los otros dos morros se bajaron también, lo dicho, soy un maldito adivino. Bajé la cuesta que te lleva a la parada, divisé el foráneo, le pregunté si iba a la Arena (literal) VFG - simón, súbete ya rápido, son 20 varos - Me dijo apresurado por el tráfico. Me mantuve con dificultades en la orilla sacando mi cartera y contando el dinero exacto. Pura morralla le di. Al final del pasillo se encontraban un montón de greñudos, supuse que se dirigían al concierto, en ese momento ya no tenía duda de mis dotes de adivino. Algunos dormían, iban serios, caraduras, otros con sus casas de acampar, otros nomas viendo el panorama por la ventana. 

El camión no tardó demasiado en llegar a la Arena, se aventó unos 20 minutos. En ese momento The Art of Rebelion daba su segunda vuelta. Apagué el reproductor de música y me bajé, bueno, la mayoría se bajó. No cabía duda que debería trabajar como lector de cartas de tarot, soy un puto adivino. 

Estaba excitado, había una gran fila aún para entrar. Me imaginé que el lugar estaría a reventar. Pensé que debí llegar más tempra, pero pues ya qué, así estaba el asunto, no estaba para andarme quejando, total, tocarían los Suicidal. De ver tanta gente, me vino a la mente el video de Cowboys from hell en Moscú, podía ya estar sintiendo el amontonamiento humano, una gran masa apretujándose y saltando juntos, como una gran cosa con vida, gritando al unísono el mismo estribillo.

Todo indicaba que la inversión, el exceso, había valido la pena. Sólo me arrepentí de no haber pasado antes a un Oxxo que estaba como a 500 metros antes de la entrada a la Arena, habría comprado un six-pack pa’ bajar el calor un poco y calentar motores mientras esperaba. La fila me decía que sería una espera larga. Y lo dicho, duré como 40 minutos para ingresar. Soy un adivino, lo repito y no me canso de decírmelo.

II

Cuando finalmente entré, ya bien cocido en mi propio jugo, había un gran letrero que anunciaba el cielo, pero no había ninguno que señalara el infierno. Fue un poco irónico, el lugar se acercaba más al averno que al paraíso. Había pensado que la Arena de Vicente (también esto irónico) era un buen lugar para que las bandas y los danzantes mosheros dieran todo de sí; me imaginaba que la tocada sería en el auditorio, todo bien tapadito del sol, el mismísimo paraíso como se anunciaba; pero cuál fue la sorpresa, Vicente nos envío al potrero terregoso. Ya ni agüitarse estaba bien, al fin y al cabo era metal y no un concierto de Bunbury o de Molotov o de Moderato o de alguna otra bandita fresona. No, aquí se presentaban los Suicidal y Anthrax, el potrero era ad hoc para danzar entre golpes y azotes de violencia extrema.

Lo primero que hice al entrar al festival fue inspeccionar la zona. Pensé que ahí estarían miembros del staff técnico de las bandas vendiendo su mercancía, pero cuál, sólo vendían productos de calidad del tianguis cultural fácilmente adquiribles– no digo que sea malo, pero diablos, al menos algo más original y de mejor calidad – Un fan (toche) quiere productos chidos, camisas que no se encuentren tan fácil, conmemorativas del festival, para que todos digan cuando va por las calles: “ay cabrón, ¿ya viste a ese compa, con la playera de los Suicidal cuando estuvieron en el Hell and Heaven?” El caso es que traté de no desmotivarme, total, lo importante era mover el bote y menear la cabeza como maníaco.

Me decidí a comprar una camisa de los Suicidal en 150, estaba chida, pero esperaba algo más. Tenía rato sin beber algo, me sentía bien reseca la garganta y la lengua, se me formaba una gomosa baba blanca alrededor de los labios; ya con mi camisa, me dispuse a beber un chela, sabía que estaría un poco cara, más de lo normal, pero pues no pensé que tanto, digo, es un concierto de metal, aquí viene gente no del todo pudiente, sólo hay que ver a esos chicos flacos que parece que no comen, todos andrajosos; cuánto me podía costar una cerveza, pues tómala, 75 la cervecita doble. Saqué mi billete de 200 y le pagué (y quise también pegarle) al ratero. De un sorbo me bebí la mitad, y me atarantó un poco, sentí los ojos pesados, los cachetes hinchados y un leve mareo, seguramente era la sed, el poco desayuno y el mendigo solazo infernal.

Me fui al escenario, había tres, eran tantos para ese potrero. El Heaven – ya había entendido que así se llamaban los escenarios – era un poco más pequeño que el Hell, estaban ubicados a poquísima distancia entre sí, era raro, digo, menos mal que sólo tenía 2 bandas que me gustaban y que tocarían ese día, pero los pobres ingratos que fueron por la mayoría del cartel cómo le harían, pues quién sabe.

Llegué al Hell con mi chela ya casi vacía, pero alegrón. En ese momento comenzó a tocar Transmetal, eran ya como las tres de la tarde, la banda empezó a alterarse, comenzaron los golpes, los saltos, la rueda de violencia y desenfreno primitivo, puro metalero alterado con los berridos del vocal de Transmetal. Todo llegó a su paroxismo cuando sonó El llamado de la hembra; en ese momento mi vaso yacía en el suelo, y que me aviento a moshear, sin embargo la mochila me estorbaba, no podía recibir ni golpear bien a los otros; de repente una larga fila humana comenzó a serpentear entre un velo de polvo que cubría el ambiente, había bajado el cantante llenó de éxtasis a ser parte de la danza de violencia extrema y golpes exagerados. Fue realmente maníaco todo, cuando término y miré a mi alrededor me di cuenta que parecíamos pastelitos espolvoreados, todo se asimilaba más a una escena de Mad Max que a un concierto de metal. Acabé molido a golpes, mis tenis hacía rato que eran cafés y no negros.

Escupí saliva lodosa, había tragado mucho polvo en el baile, y aunque no bailara, era imposible no tragar polvo en el potrero de Vicente. Aún quedaban algunas bandas antes de que salieran a tocar los Suicidal; ya no tenía ganas de moshear, además las bandas que siguieron estaban de güeva, no me gustaba ese tipo de metal denso, oscuro y aburrido como los cantos gregorianos de misa. Sin embargo me mantuve estoico en el barandal que separaba la zona preferente de la general, evidentemente yo estaba en la general, me preguntaba cuándo diablos se habían aburguesado los festivales de rock, a tal punto de hacer divisiones clasistas: VIP, Preferente, General. Los licántropos de Moonspell (una manta con una luna colgaba detrás de ellos) estaban por terminar; que no me gustaran a mí, no significaba que no fueran conocidos, la mayoría de los asistentes coreaban sus canciones. Se dieron finalmente las 7, ya había retraso, finalmente se callaron los de Moonspell; comenzó a preparase el escenario con el equipo de los Suicidal.

III

Fueron minutos largos los que tardaron en acomodarse los equipos. Al fondo se veía al gordo baterista de los Suicidal afinando la batería, dando recios tarolazos, ofreciendo una probadita de lo que se vendría en unos minutos. Los guitarristas y el bajista tomaron sus posiciones, al fondo alcance a ver a Mike esperando su entrada, parecía un cholo de los de Santa Cecilia; y súbitamente que comienza el show. Los guitarros peinaron la guitarra, de la cual salía una leve melodía, de repente los riff se hicieron más potentes, sin duda era la de You can’t bring me down. Salió finalmente Mike moviéndose como loco de aquí para allá y repitiendo You ♪ can’t ♪ bring ♪ me ♪ down/ bring me down/ you can’t bring me down…

Atrás de mí comenzó la raza a moshear, no era un mosh muy violento, parecía que a los chicos ya se les estaban acabando las energías, y era comprensible, después de estar todo el día bajo el sol, y algunos ya borrachos, no se podía esperar mucha violencia en el ruedo. Sin pensarlo me aventé al baile, se giraba como cuando giras el azúcar en el café, me llevé un gran golpe en la espalda, pero no hice mucho caso, seguí girando mientras tenía mi mochila bien agarrada en las manos, ya que estaba un poco maltrecha y tenía miedo que se me tirara alguna de mis pertenencias.

Terminó la de You can’t bring me down y comenzó otro de los éxitos ochenteros de los Suicidal, Intitutionalized. La canción comenzó con una introducción hablada, casi sin mucho ritmo, los instrumentos no es que se lucieran, pero de repente se escuchó explotar la garganta de Mike: I’m not crazy – in an institution/ You’re the one that’s crazy – in an institution/ You’re driving me crazy – in an institution, y el gordo cabalgaba en la batería, los riffs se hacían más veloces, y el bajista desabotonaba las cuerdas de su instrumento. En ese momento di saltos de basquetbolista y chocaba mi cuerpo con los que estaban en frente; debió ser duro para ellos, ya que yo soy un tipo grande, robusto, corpulento, de unos 100 kilos. A ellos no les debió molestar del todo, ya que no me dijeron nada, y si lo hubieran hecho, los hubiera ignorado, total, no estábamos en un concierto de rockeritos fresas.

En la segunda canción estaba ya todo agotado y afónico, diablos, no podía ser que tan rápido se me fueran las energías. Mike apenas daba tiempo de recuperarse, pronto siguieron otros éxitos de la vieja escuela: War inside my head, Subliminal, I send your Money, Cyco Vision, Possessed to skate, Pledge your allegiance. Era tal el bailongo, que de nuevo se alzó una nube de polvo que cubrió todo el ambiente, muchos seguían en los golpes a pesar de lo espeso del ambiente; al final de cada canción, terminaba escupiendo gargajos de lodo y respirando a duras penas. Todos los demás estaban igual que yo, algunos se tapaban la boca con su camiseta o con paños. Lo peor no fue eso, había alguien por ahí acedándose, constantemente unos pedos realmente hediondos llegaban a mis narices. Eso no impidió, sin embargo, que yo continuara agitando la cabeza como un verdadero maniaco de cabellera larga pero sin cabellera.

Yo ya no podía más, y por fortuna parecía que tampoco los Suicidal. Se despidió la banda y yo me fui a descansar un rato, tenía la camisa enlodada (se habían mezclado mi sudor y el polvo); estaba sediento, dudé en comprar una cerveza, ya que seguramente me daría más sed y no quería quedarme sin dinero. Vi un puesto de nieves raspadas, la sed apremiaba, me apresuré a comprar una, 35 la nieve de guayaba. Me senté en un rincón del potrero, a lo lejos se escuchaban las demás bandas tocando, yo ya no tenía fuerzas, pero ni siquiera me importaba ir a verlas, sólo quería una cama, una ducha, un baño, un litro de agua y un buen plato de comida. No era el único sentado, había muchos descansando; me preguntaba cuánto habrían pagado, yo ya llevaba casi 1000 pesos gastados y aún tenía que comer y tomar taxi.

Se llegó la oscuridad, sólo las luces de los puestos y de los escenarios brillaban. Me fui al baño, que no eran baños, sino sólo letrinas móviles, la demanda era grande, tuve que esperar unos 15 minutos a que llegara mi turno. Me imaginé que estarían todas miadas y cagadas, y no me equivoqué, mis dotes de mago ya estaban comprobadísimos. Después de casi vomitar aguantándome la respiración en los baños, me fui a comprar algo de comer y de tomar. No sabía qué comer, las tortas estaban a 40 pesos, los tacos a 10 cada uno, los hot dogs a 25, el agua de a medio a 35. Después de un rato dando vueltas a los negocios, me decidí por dos new mix y una torta, total, qué eran 120 pesos, mi tripa ya no podía esperar más.

Mientras descansaba y esperaba a Anthrax, me di cuenta de cuán masoquistas éramos los que asistíamos a este tipo de festivales; no sólo costaban carísimo los boletos, sino que además adentro todo era aún más caro, quizá nos veían los organizadores como palomos bobos y tontos que pagábamos lo que fuere por ver a nuestros ídolos. No se equivocaban, no sólo pagábamos por ser pateados y mallugados, también pagábamos por pagar más por un agua, por caer de borrachos al suelo, por ser pisoteados, por aguantarnos las miadas y las cagadas, por morirnos de hambre, por resfriarnos, por estar quemándonos bajo el duro sol jalisciense de mayo, por preocuparnos en qué regresarnos en la madrugada, entre otras tantas cosas que aguantábamos por tal de escuchar una canción en vivo de esos grupos que en su vida sabrían que asistíamos con sacrificios a sus conciertos. Y sin embargo, al final, como buen masoquista, lo disfrutaba uno, terminaba contento y con ganas de que volvieran a venir, para volver a pagar y volver a sufrir.

Las 12 de la madrugada llegaron y con ello Anthrax, no era mi grupo favorito, pero me sabía algunas canciones. A esas horas ya todos parecían cansados, estuvo muy tranquilo el ambiente, yo aun pensaba en lo bueno que había sido con los Suicidal, aún me resonaba en las orejas You can’t bring me down.

 

Todo término como a las 2 de la madrugada, me apresuré a salir de la Arena, vi un taxista y le pregunté cuánto por llevarme al centro, 350 dijo, vete al pito pensé, no gracias le dije, 300 pues, no gracias le repliqué. Sólo traía 100 pesos y mucho cansancio; había gran movimiento de autos, me fui a la carretera a pedir rai, pero nada, quién le daría rai a estas pobres criaturas vestidas como delincuentes, nadie. Muchos esperaban en la carretera, poco a poco se fueron subiendo en bola a los taxis, yo iba solo y no quería pagar 100 pesos; me quedé solo a la orilla de la carretera, al final, el camión de las 5 tenía que pasar.

 

 

 

 

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