¡Saca el azúcar, Kayerts!

¡Saca el azúcar, Kayerts!
0 13 febrero, 2015

El título viene de Una avanzada del progreso de Joseph Conrad. Imaginen a Kayerts y Carlier solos con su debilidad en una isla, con apenas quince terrones de azúcar bajo llave, almacenados para los tiempos difíciles, los de enfermedad. Después miren a Kayerts ahorcado.

Parecerá que el hambre no tiene sentido. —¡Maldita sea, vamos a tomar un café decente por una vez! ¡Saca el azúcar, Kayerts! El hambre es indolente. La sed es otra cosa.  Lo enfermo apesta. Y yo siempre quise estar en el desierto. Así que fui con mi desesperación. Le tengo fobia a los aviones, por eso demoré 13+4+2 horas en autobús.

El camino fue el tránsito paulatino del verde al sepia, desde la vegetación más alta hasta el alambrado de helechos con espinas que se aferraban al suelo con su deformidad.

A través de la ventana del camión observé cientos de llantas, graffiti sobre muros que no dividen más que la luz, algunas casas de adobe y, por alguna extraña razón, columpios y resbaladillas. Ninguna persona, sólo la estela de lo inservible. La civilización sigue al comercio, el comercio a la basura.

Las plantas se incineran y resurgen. No quedan ni los tallos o la marca de lo áspero.

Sólo estuve tres horas en el desierto con el abrazo inútil de una bolsa negra, sucede que comenzó a llover como casi nunca. El viento golpeaba mi rostro con tierra, era imposible estar de pie o sentado, los surcos en la arena se llenaban con agua, pero el sentido del humor estaba intacto. Prosiguió la fuga y la vereda entre serpientes. Tenía que reír o quedar en cuclillas, nadie corre en el desierto bajo una tormenta. El viento formaba grandes círculos concéntricos, atravesarlos supuso reñir entre dos fuerzas. Pasaron casi noventa minutos. Era necesario avanzar, dar un paso sin caerse para evitar la muerte tan a solas bajo el lodo, estar a salvo y sin un grito.

La tierra me tragaba pero uno es fuerte y estúpido. Uno apuesta por lo complejo, por sentir de cerca las manos tibias de lo distante, traerlo, guardar un poco de la respiración que se agita y burlar lo pequeño. Resistir dentro de la soberbia para ganar  paisajes y delinearlos con la lengua. Recordar la tonalidad de los cerros, el seseo de los dados secos del asco. Salir del lugar acostumbrado, de la ciudad cualquiera, del reloj que empuja la hora donde el párpado se abre al día y lo pendiente. Eso pensaba, o decía. ¿Qué hago aquí?, ¿por qué me siento bien?

Al otro lado, después de kilómetro y medio, escuché —¿Dónde los tajó el agua? ¿Y sí los tajó?, era un niño a la entrada de la tienda de un pueblo con cuatro casas. —¿Cómo?,  —¿Que si los tajó el agua?Ah , ¿venden café? No. Alguna bebida caliente. No.

La lluvia cesaba por momentos y logré ver los remolinos de tierra, iban de un lado a otro como llantas de trailer, les llaman “brujas”. Mientras esperaba el amanecer bajo el toldo de la tienda conté, al menos, cuarenta y tres trailers que pasaban de largo por la carretera; era la presencia de un ruido que gruñía y se alejaba.

Llovió toda la noche, o eso creí. Y hacía un frío cruel que calaba en los dientes. No me gusta subir al avión, pero soy melómana, incluso cuando lo único por escuchar son los cascabeles y el viento. Los habitantes rondaban por ahí con su escopeta y pensé en Conrad y el amargo sonido de los disparos en tinieblas.

El progreso, como la música, avanza entre cuerdas que se hunden y elevan. Tal vez nos lleve donde la lluvia y alguien pregunte ¿Y sí los tajó?

            Había coyotes.

 

 

Música de pie de página: Tinariwen & Carlos Santana: Amassakoul

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