Parajes de la memoria | Lo elemental

Parajes de la memoria | Lo elemental
0 18 mayo, 2015

Marina Trujillo

Me encuentro frente a una persona. Me saluda con entusiasmo y procuro hacer lo mismo aunque en el fondo estoy desconcertada, tratando de recordar de donde la conozco. Se transluce en mi expresión que no la recuerdo y la persona me da detalles de nuestra relación “¿A poco no te acuerdas del tal? Nos conocimos en ese lugar”. Entonces intento recordar. Entro en mi fábrica de los recuerdos y me dirijo al norte. Busco su rostro. Sería genial si los rostros estuvieran ubicados en orden alfabético. No es así. Repaso las fisonomías a la mano. Sigo sin recordar. Mi memoria recorre los pasillos a la velocidad de una anciana amable y me doy por vencida.

     La memoria selecciona los recuerdos y a su vez los recuerdos dan cuerpo a la memoria.

     Los recuerdos tienen sus calles y avenidas, parajes, bosques, ríos, recovecos. A la larga construyen su propia geografía: al noroeste los aromas que quisiéramos olvidar; al este, movimientos sísmicos que cambiaron nuestras vidas; al sur, objetos que nos producen indiferencia; al oeste, sensaciones de placer; al suroeste, remembranzas de nuestra infancia.

     Los mapas de la memoria nos deparan grandes sorpresas. Un objeto determinado, un lugar donde tenemos  la sensación de haber estado, el rostro de alguien que creemos conocer, detonan nuestros recuerdos.

     Cierto tipo de enfermedades que atacan la memoria son terribles, devastadoras. Se pierde el mapa de cómo vivir. Se inicia por extraviar los momentos fundacionales, a los cuales siguen los momentos entrañables. Al final, ya no se sabe para qué sirve una cuchara.

     He tenido el problema de no recordar los nombres y la ubicación de las calles. Cuando me indican como llegar a un sitio con lujo de detalles, me la paso asintiendo todo el tiempo: “te vas por la avenida, doblas en el edificio de tres pisos. Caminas por esa calle y ya, no hay pierde”. Al final de las instrucciones, sugiero la conveniencia de me proporcionen exactamente el nombre y número de la calle y sus cruces. Una vez que tengo la dirección, consigo una guía, un  mapa de la ciudad.

     Es interesante reflexionar como los mapas nos orientan en la Tierra y en el Universo. ¿Qué sucedería si en algún momento nuestros viajeros espaciales se topan con otro planeta habitado? Seguramente ese hecho transformará nuestras sociedades en sus fundamentos, al igual que en el pasado sucedió con los territorios que, según Colón, eran las Indias. En su libro La invención de América, Edmundo O´Gorman se adentra en el proceso de la reinterpretación del Mundo con la existencia de América. Los mapas del mundo se trazaban sobre tres continentes: África, Asia y Europa. Imaginemos el impacto de encontrarse frente a un nuevo continente, la modificación geográfica, cartográfica, se acompañó de una revolución filosófica, teológica, cultural, económica y social.

     Una de las  ventajas de no recordar los nombres de las calles ni su lugar preciso, es el asombro. Debido a que necesito ubicar de nuevo los lugares, noto si agregaron un edificio o lo desaparecieron, descubro algún monumento en el que no había reparado. Soy una viajera en mi ciudad. La falta del recuerdo, de la ubicación, pueden suplirse con la exploración y la sorpresa del descubrimiento.

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