Morocoy, Quintana Roo / Parte I de III

Morocoy, Quintana Roo / Parte I de III
0 31 julio, 2015

 

 

Ingrid Valencia

Estoy en la noche de piedra

dormida,

en la hamaca de Morocoy

Cindy Bedolla, 9 años

Voy camino a Mahahual, estoy sentada en la parte trasera de la camioneta. Miro lo que dejamos atrás: los árboles, la gente, las señales del camino; los poblados, Huay Pix, Xul-Ha, Bacalar, Buenavista y Pedro Antonio Santos (donde aún es permitida la poligamia). Salimos de Morocoy, son casi dos horas de camino a Mahahual.

         Morocoy tiene una población de casi mil habitantes. Es una tierra de muchas tierras pues vive gente de diversas partes como Michoacán, Torreón, Chiapas, Guadalajara, Sinaloa y Mérida. Está construido sobre ruinas prehispánicas. Vine aquí con estudiantes de la ENAH y la antropóloga social Paloma Escalante, quien me invitó. Ella participó en la apertura del museo comunitario hace cinco años.

         Doy un taller de poesía en el museo a niños de siete a once años. ¿Cómo enseñar poesía a los niños?, me preguntaba hasta que se me ocurrió un método de asociación de palabras. Ha sido más sencillo de lo que pensé. Los niños entienden la poesía casi al momento. Ya escribieron su primer poema y les pedí que lo memorizaran.

         Me quedo en casa del Sr. Morales, un médico en la comunidad. Narra que llegó a Morocoy el martes 2 de febrero de 1988, a las 15:45, cuando era pasante. Venía contando los postes de luz pues le preocupaba que no hubiera alumbrado público. Y sí había. Sólo que desde el primer día, cuando comenzó a trabajar atendió un parto a media noche y se fue la luz, de pronto. Así que envió al marido por velas pero no regresó sino hasta el día siguiente cuando el bebé ya había nacido.

     En aquella época únicamente había un pedazo de pavimento, lo demás era terracería. Mañana visitaré a la primera familia que llegó en 1965. Ellos machetearon la hierba para abrirse camino. Entonces aún había bastantes tigres y jaguares.

        Me baño a jicarazos, hace mucho calor. No hay señal de teléfono celular. Hay un local con servicio de Internet. El tiempo pasa y hace surcos en el cielo. Los jóvenes pasean en bicicleta y forman frentes de línea recta para observar a los demás. También juegan voleibol y basquetbol. Escucho las historias de la gente. Todavía resuena el eco de sus voces. Morocoy se fundó con veinticuatro familias. Cada cual tiene una versión que, a veces, coincide con la del resto. Lo contaré en las próximas entregas de esta columna.

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