“Dos de noviembre”, crónica de un día de muertos

“Dos de noviembre”, crónica de un día de muertos
0 5 noviembre, 2015

Madel Socorro Bañuelos

Cuca, Cuquita, quiero platicarte desde este lugar de muertos, donde estuve ayer, las únicas que siguieron risueñas, fueron las flores. Mi abuela y mi madre, acabaron con la cara fruncida y los demás parientes con semblante de enojo, como oliendo a caño. Llegando al panteón, mi mamá exprimió su monedero y salieron un billete de cien pesos y tres monedas de diez, “pero no le alcanzó para comprar las flores de amaranto y las veladoras; nomás alcanzó, para una pinchurrienta coronita, de cempaxúchitl –les dijo mi primo Delfino, a mis tíos, burlándose de nosotras;”, me lo caché y más se rió el maldito. Al rato llegó mi tía Luisa, con una canasta de corundas, salsa de tomate y unos quesotes. Mis tíos Teodoro y Pancho trajeron tres botellas de charanda y cuatro cartones de cerveza. Ya como a medio día las hijas de mi madrina Lupe repartieron carnitas de Quiroga con tortillas calientitas.

–Válganme las animas benditas, del purgatorio, bájate, inmediatamente de ese árbol, Carmelita, se te mira todo el asunto, bájate, o te bajo -le ordenó mi abuela a mi prima, que ya estaba trepada en un árbol, y sí, me fijé, todo el asunto se le veía. No respondió nada la Carmelita, con el porrazo que se dio al caer, se le fue la voz y a mi abuela se le fue la mano, cuando le sonó duro en las asentaderas “Por andar con el asunto al aire entre los difunto”; la regañó y la arrimó junto a ella.

           Mis tíos y mi papá, se sentaron en la lápida de enfrente a tomar charanda, ahí llegaron unas mujeres enfurecidas:

–No se sienten sobre nuestros muertos, respeten; aplástense sobre los suyos –decía una, sacudiendo la piedra con el reboso.

–No se quejen, –les contestó mi tío Juancho, ya quedó limpiecita, la pulimos a puro sentadazo. Les invitamos, un traguito, órale sírvanse, pa’ que se relajen.

–Da gusto tratar con gente decente, como ustedes, aceptamos sus disculpas y el traguito -contestó la de los guaraches nuevos, y se acomodaron las tres entre nosotros.

–Muchachas nada tímidas éstas, ni del rogar se hicieron -criticó mi abuela, pero al rato, cantaba alabanzas con ellas; le regalaron una novena de San Benito y unos escapularios; ella quedó muy agradecida.

–Cuéntenme, ¿son casadas o solteras? –les preguntó mi abuela.

–Eso quisiéramos, casarnos, ya se nos está yendo el tren, no encontramos quien se anime; denos un consejo, señora, ‘pa encontrar marido

–Les enseñaré una plegaria, yo la rezaba continuamente y no me falló. Repitan: “San Antonio, manazas, patazas ¿cuándo me casas?” Y encontré marido.

–Ya cuando no lo aguanté, le recé: “San Antoñito, manitas, patitas ¿cuándo me lo quitas?” Y miren, aquí está enterrado el hombre, es al que vinimos a saludar. De que resulta, resulta, es muy efectiva esta oración.

Y así Cuquis, estuvieron con la imploración un buen rato; para recordarla apuntaron la súplica en un pedazo de cartón de cerveza, ¿tú crees? Más tarde, mi hermana Meche encendió las veladoras ‘pa rezar el rosario de ánimas. Mi prima Lola, la catequista, lo iba a guiar, pero con la charanda en la mano no se le veían ganas de orar, nomás de empinar el codo. Por fin, mi tía Esperanza, empezó el rosario. Entre corregirnos y regañarnos, se le pasó: “Todos, Dios te salve. Nosotros Santa María. No se me duerman… los grandes… contesten, los chicos… cállense. Más fuerte… no seescucha”.

–Rezamos, todo en pedazos, al llegar a la letanía, nos hincamos, unos ni se pudieron levantar por lo “cuetes” que andaban, otros, aprovecharon para echarse una cabeceadita. Los chicos nos repartimos refrescos y unas morelianas, las primas comían mole de olla, con morisqueta.

–¿Dónde, está el escusado? –preguntaron mis primas, las que vinieron de Janitzio.

–Aquí no hay, y si acaso hubiera no sirve, o está bien copeteado -dijo mi tío Juancho y soltó la carcajada, –vayan al estanquillo, compren una de tequila, ahí las dejan orinar, tengan los centavos –ordenó- ‘pos yo también fui, de peguiche.

–Mira, Leonorcita, esos que llegaron, son los parientes que vienen de Chicago, y los que bajan de la troca de redilas, son otros familiares, que todavía no conoces, y vienen de Zamora.

–Quihúbole pariente -le dijo mi padre al hombre de la tejana gris, y lo abrazó.

–¿Cuánto tiempo sin vernos? Bienvenido a tu tierra, dichosos los ojos que te ven regresar.

Tenkiu, mai broter, I,am fain, I,am very gud, very gud, mi tener gustou de estaar jir, ¿yu no?

–Este, este, así ha de ser, como dices; hace diez años que te fuiste a los yunais. ¿A poco, ya se te olvido el español, ya no hablas como nosotros?

–Si, yes, perou, confundirme un lirol. Mi dije: “voy ‘p tras, aquí, a mesico, para recordaaar, mi espanich, ¿yu nou? –emborucaba todo, ora mi tío el gringo.

–Mira, güero hechizo, más prieto que yo, nomás tú entiendes esos trabalenguas, pero sírvete un vino y digamos salud –eso lo entenderá muy bien el güey, me cai si fallo, aseguró mi papá a los demás familiares, guiñándoles un ojo.

Vieras Cuquis, así fue, ni tardo ni perezoso se sirvió varios tequilas, diciendo: tenkiu, mai frend, its¨very delicius.

–Ah qué mi primito tan payaso, tan mamón y tan olvidadizo, dejara de ser gringo- criticó mi papá.

–A la una o dos de la madrugada, calentaron café con piquete, uchepos y tacos de frijoles. Mi abuela ordenó:

–Repartan cobijas y sarapes, porque la noche está más fría que la muerte.

         Yo, Cuquita, me acurruqué junto a mi mamá, y desde ahí vi todo lo que pasaba en el panteón, unos jugaban baraja, otros dominó, cantaron Lindo Michoacán y Juan colorado, canciones que le gustaban a mi abuelo, nuestro difunto. A nosotros los chiquillos nos entretuvieron con la lotería, jugando a las escondidillas entre las tumbas- “para que entren en calor” -decía mi tío Juancho.

Al esconderme, atrasito de una lápida, grité lo que aprendí de mi abuela: “Válganme las animas benditas del purgatorio, válganme las animas benditas, del purgatorio”.

Me espanté mucho al ver el asunto de mi prima Rosa junto al asunto de su novio. Cuquis, se me salían los ojos, ante los asuntos ajenos. A mis voces, llegaron las tías; a mi prima de cusca no la bajaban; y al novio le pusieron una verdadera zarabanda:-“Pa’ que respete a los vivos presentes, y a los muertos ausentes.”

Ya tomados, mis familiares, armaron la pelotera, fuimos a parar a la presidencia municipal. Encerraron a mis tíos, a mi papá y a mis primos, dizque por broncudos, chupadores y mal hablados; a mi tío gringo lo encerraron “por mamerson”, así dijo el municipal de él; entonces, mi tío le contestó enojado: -“I’ com bac for yu, mesican animal”. A las mujeres las corrieron del panteón por borrachas.

Total unos familiares se fueron, otros subieron a la troca. Mi abuela, mi mamá y yo, regresamos al cementerio a velar a los muertos y a levantar el tiradero que dejamos, pero ya nos habían volado todo, Cuquita.

Nomás recogimos envases de refrescos, llenos de orines, bolsas vacías de pan bimbo, hojas de tamales, latas de chiles, sin chiles; envases de cerveza; perdimos cobijas, sarapes y escapularios.

Lástima, Cuquita, que por la mentada enfermedad de las paperas, no fuiste, pero la próxima no te la puedes perder. Si vieras cómo se divierte uno en ese lugar sagrado.

El cadáver inquieto, Literalia Editores 2013
El cadaver inquieto, Literalia Editores, 2013

El cadáver inquieto, Literalia Editores, 2013

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