La navidad de Roel (cuento)

La navidad de Roel (cuento)
0 21 diciembre, 2015

Galileo Contreras

Faltaba un día para la Noche Buena, hacía dos que Roel ya andaba atravesando los pasillos de la casa de la abuela, que como nieto único gozaba sin trabas del placer que en la infancia dan estas frías fechas. El caserío, cercano a la cabecera municipal se llenaba de luces, y en los alrededores de lo que podríamos considerar la parte más céntrica del poblado, cambiaba súbitamente la atmósfera festiva por una cortina nebulosa que acrecentaba su lúgubre aspecto al entreverarse con las ramas de los árboles. Roel siempre esperaba la navidad con ansia, y siempre pensaba que la navidad debería ser todos los días.

La casa grande siempre había sido territorio de Roel, pero ahora, a los 10 años, sentía que podía atravesar todo el poblado sin dificultades. El verano pasado ya había hecho sus primeras incursiones a los alrededores acompañado de otros chicos de la localidad más avezados en las andanzas silvestres en busca de lo que según le habían dicho sus amigos era la cabaña encantada, pero ahora no estaban, el pueblo, aunque iluminado, estaba prácticamente vacío, y Roel, con sus ímpetus de casi adolescente, se había hecho la promesa de internarse esa noche en los alrededores del bosque para buscar la cabaña.

Así, Roel cenó con la familia que estaba complacida porque la recién operación a la abuela había sido un éxito, Roel sonreía, terminó el espumoso chocolate, recogió los platos y se dirigió a su habitación. Ahí esperó vestido y con los ojos abiertos hasta que las luces y las voces de la casa de la abuela se apagaran. En silencio tomó sus zapatos y salió sigilosamente, la oscuridad era total, pero ya se sabía de memoria los pasos a la salida, contrario a la costumbre, encuentra la puerta asegurada. “Qué mala suerte”, piensa que ahora tendrá que salir por el patio y así lo hace, pues sabe que ahí nunca está asegurada la puerta y ya antes se ha descolgado de la pared para pasar al otro lado. Bien lo sabe, hay que subir al enorme lavadero que está pegado a la barda, y de ahí utilizar el tubo de acero para arrastrarse por la pared hasta sentir con las puntas de los dedos el lomo de la barda e impulsarse con los pies por los ladrillos salientes y ausentes del muro.

“Uff”, tenía mucho que no lo hacía, era peligroso, el año pasado vio caer a su primo al fondo de la pila, ni siquiera tuvo la oportunidad de descolgarse porque ese mismo día lo castigaron todas las vacaciones. Pero ya estaba por fin arriba de la barda, se sentía pleno mirando como las luces de la navidad herían la noche, la neblina avanzaba, pero no importaba, no tenía miedo y él sólo podría con la faena. El siguiente paso era ir al otro lado, así que se preparó para el descenso, sentado en la barda se da la vuelta y pega sus dedos en el borde, mientras con sus pies raspa la barda para equilibrar las fuerzas, cuando su cuerpo queda completamente recto y tirante como un trapo colgado, es el momento de soltarse, la adrenalina le inunda el cuerpo cuando tiene esa sensación de vacío, bien sabe que la distancia a vencer aún era de casi dos metros.

La caída fue abrupta, pues una piedra lo hizo resbalar al caer al suelo de cuerpo completo, anonadado por el golpe escuchó una voz que le hablaba por su nombre. –Roel, Roel, que golpe. Y sí que lo había sido, los oídos le zumbaban al grado que la escuchaba en la lejanía y las luces parecían más opacas, la niebla estaba en pleno. –Roel, ¿ya estás listo para ir a la cabaña encantada? Roel quedó dudoso, buscaba entre sus recuerdos el rostro de aquella niña, si acaso era alguna de las que visitaban el poblado en las vacaciones, sabría su nombre. Era una niña de aproximada su edad misma edad, quizá la hermana o la prima de alguno de sus amigos visitantes. –¿Quién eres? Preguntó. –No importa, te voy a llevar a la cabaña encantada, me han hablado mucho de ti los otros niños, ahí te esperan. –¿Pero me dirás tu nombre, verdad?; –Mi nombre es Natividad; –¿Navidad?; –Casi, pero puedes decirme Nati.

Caminaban sin prisa, y entre las brumas y las breves rachas de luna que lograban atravesar el nublado cielo, Roel identificaba aquellas brechas ya allanadas con sus amigos de verano. Seguía los pasos de Nati que parecían ir por encima del suelo, pues no se escuchaba el crujir de las hojas ni el ruido propio de la respiración, pero al mirar hacia atrás ya no había camino ni brecha, la oscuridad era total, se le heló la sangre, pero extrañamente solo podía ver hacía adelante, hacia los pasos de Nati. Entonces escuchó la advertencia de Nati, que no mirara hacia atrás, que corría el riesgo de perderse. “Perderme” pensó Roel como si estuviera en un sueño macabro “si ya estoy perdido”, pero Nati seguía imperturbable hacia adelante.

Fue entonces que se acabó la neblina y la luna bañaba en plata el campo con su fría luz, Roel estaba impactado, en el fondo se alcanzaban a ver las luces de la cabaña. –Mira Roel, dijo Nati, aquí está toda la felicidad que puedas encontrar entre vivos y muertos. Era la primera vez que iban al paso, lado a lado, en Nati brillaba una aura luz negra al hablar. –¡Sí, Roel, después de tanto abandonar la navidad, en que cada quién hace lo que quiere, me decidí a traer una navidad eterna en la que todos gocen por siempre el espíritu abandonado de la navidad, así la navidad cubrirá los rostros de felicidad de todas estas almas puras!

Roel no lo podía creer, en la medida en que se acercaban, se acercaban también lo coros y villancicos, los cantos de posadas y alabanzas, todo en un desordenado cantar, a veces casi balbuceante. En ese momento Nati lo tomó de la mano para subir al frontispicio, por las grandes ventanas pudo ver al interior, se daban regalos una y otra vez, giraban entorno a un árbol, el hervidero de almas cansadas de la navidad y que sin embargo no podía dejar de cantar y festejarla, al verme, varios se arremolinaron en la ventana sin poder dejar sus cantos. En ese momento Nati jaló fuertemente a Roel para llevarlo a la puerta principal, Roel se resistió, Nati forcejea con él, “¡Vamos!” le grita, –es la navidad por siempre, ¡entra, entra!

–¡No, no, no, vete de aquí navidad!

–¡Roel, Roel! ¡Despierta!

Al abrir los ojos ya no es Nati quien lo tiene agarrado, es su papá, su mamá a un lado está preocupada, la abuela reza. Roel llora y abraza a su padre. –Ya no quiero más navidad, ya no quiero más navidad!

"La navidad de Roel", cuento

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