El variopinto olor de los recuerdos

El variopinto olor de los recuerdos
0 11 agosto, 2016

Aurora Carvajal Vidal.

Los recuerdos son impresiones que guarda la memoria de hechos pasados, que nos impactan de alguna manera. El centro de la memoria se encuentra en la parte anterior del lóbulo frontal del cerebro, cuando se lesiona ésta parte del cerebro por cualquier causa, se presentan algunos trastornos, entre ellos la amnesia; se olvidan las cosas, se pierden los recuerdos.

Los recuerdos pueden ser dulces y felices, también los hay dolorosos, tristes o desagradables. Existen diversas maneras de guardar los recuerdos; algunos se esconden a manera de tesoro en una caja fuerte; para evitar que alguien pueda descubrirlos, y solo se liberan en ocasiones especiales. Otros recuerdos son enterrados para siempre en un lugar secreto para olvidar que existieron, porque causan temor, vergüenza o mucho dolor. Pero hay otros que se guardan en un alhajero de cristal sobre un mueble cercano, donde pueden compartirse y disfrutarse en el momento deseado.

Generalmente los recuerdos de la infancia son tiernos y dulces; es la época de la vida en que se reciben muchos cuidados y cariño, donde se aprenden las cosas sencillas, las más elementales para la convivencia, los hábitos y costumbres de esa pequeña sociedad que es la familia; es cuando se adquieren los sentimientos más nobles y puros, se aprende a caminar, a hablar, a comunicarse, a distinguir sabores, olores, colores; a conocer a sus familiares,  animales, objetos, sus funciones y dimensiones, etc., que se fijan en el cerebro donde quedan impresos para el resto de su vida. También pueden guardarse recuerdos dolorosos cuando la familia es disfuncional y el niño recibe malos tratos, ya sean físicos o psicológicos.

Pasados unos años se adquieren los recuerdos de la adolescencia, casi siempre la época más bella de la vida, donde se inician nuevas funciones orgánicas; cambia el metabolismo, se activan algunas glándulas, se producen hormonas, irrumpiendo la metamorfosis somática; es cuando se descubren nuevas cosas en el  mundo  que modifican  la mente,  los  gustos y  los sentimientos. En esa época se conoce el primer amor, que quedará impreso para siempre en la página de los recuerdos; ése que todo lo transforma y hace ver diferente el sol, la luna, las estrellas y todo el universo. Con el amor cambian las estaciones; la primavera tiene aromas y colores nuevos, son más intensos el verde de los árboles, el olor de las flores y el canto de las aves; el verano tiene una calidez especial, que trasmite energía desmesurada a los sentidos; el niño que ya no quiere serlo, se vuelve persistente realizando lo que le agrada; practica su deporte favorito hasta el cansancio, escucha su música preferida por horas, habla por teléfono sin límite con sus amigos; casi todas las cosas tienen un encanto especial que pinta el paisaje de los púberes recuerdos; el atardecer es dorado y trae deseos inquietantes y desconocidos que quiere convertir en realidad. La noche es misteriosa y dominante, quita el sueño y lleva al pensamiento por laberintos ocultos, que desaparecen cuando llega el día, dejando su inquietante recuerdo. En la adolescencia no todo es color de rosa, en esa época se despiertan los sentimientos de celos, envidia, baja autoestima, depresión, impotencia, orgullo y perversidad; éstos sentimientos pueden destruir las buenas relaciones de amistad y compañerismo, cuando alguien abusa del más débil, o hace críticas negativas de las deficiencias de otros. Todos éstos sentimientos se convierten en recuerdos, que dejan marcas imborrables diversas en cada individuo y forjan su personalidad futura. Estos recuerdos de la niñez y de la adolescencia quedan guardados mucho tiempo, algunos por toda la vida, ya sea en el alhajero de cristal, otros en la caja fuerte, y otros más, son enterrados para jamás hablar de ellos.

Con el transcurso del tiempo, la breve adolescencia es reemplazada por la hermosa juventud, que viene a pintar el mundo con los colores de la verdad; es cuando se adquiere la seguridad de discernir entre lo que se desea y lo que se puede efectuar, porque ya se tiene conciencia de la realidad, de las capacidades y limitaciones de cada individuo para emprender un futuro de éxito o fracaso, que cuando se lleva a la práctica y se obtiene el resultado, quedará guardado en el arcón de sus recuerdos. Algunos confunden su realidad, o no quieren aceptarla, y van por la vida de tropiezo en tropiezo, obstinados por seguir por un camino equivocado, dañan el resto de su vida y terminan guardando gran cantidad de recuerdos amargos, o culpan a los demás de sus fracasos. Otros toman conciencia de su error y cambian de actitud, buscan el control verdadero de su destino, se realizan, y en el futuro conservan aquel recuerdo como una luz encendida para no volver a perderse.

Sin sentir y sin querer se llega a la edad madura, etapa de la vida en que se han acumulado muchos recuerdos, y que generalmente ya se posee, aquello por lo que tanto se luchó, si es que se obtuvo el éxito deseado; comúnmente se goza de un empleo gratificante, se tiene una familia bien integrada, a la que se le pueden satisfacer todas sus necesidades y se cuenta con un círculo de amistades con las que se comparte la vida social. Como ya se ha recorrido gran parte del camino, se han acumulado muchos recuerdos de todo tipo; las personas que han vivido satisfactoriamente tendrán muchos recuerdos buenos, que podrán comentar de manera agradable con su pareja y sus hijos, o con sus amigos; complaciéndose mucho en hacerlo. Muchos conservan amigos de su juventud o de su infancia; otros tendrán a sus padres y hermanos con los que se pueden reunir con frecuencia, disfrutando de convivencias llenas de recuerdos, buenos o malos, y aunque no todos sean felices, permiten rememorar lo que han vivido en épocas pasadas.

Con frecuencia se escucha decir que hay personas que viven de sus recuerdos y es verdad, pero hay varias maneras de hacerlo; algunos se estacionan en la época de la infancia o la adolescencia, porque en ella se sintieron muy felices, recibiéndolo todo sin ningún esfuerzo; no se preparan para la lucha por la vida, no desean madurar ni aceptan responsabilidades, algunos conservan la soltería toda la vida, y así les corre el tiempo mientras tienen la protección de sus padres, recordando y repitiendo los mismos hechos de los primeros años de su vida. Otros se casan buscando en su cónyuge un padre o una madre en quien descargar toda la responsabilidad, aferrados a los recuerdos de las primeras etapas receptivas de su vida, hasta que al fin llevan su matrimonio al naufragio. Hay otras personas que aparentan llevar una vida normal, pero siempre están evocando y añorando la felicidad vivida en ápocas pasadas; y hay quienes se la pasan recordando y sufriendo a diario, por algo que los lastimó hace mucho tiempo, como la muerte de un ser querido o la pérdida de sus bienes materiales. Éstos seres no disfrutan del presente.

De alguna manera todos vamos caminando por la vida recordando siempre, algo de lo mucho que hemos aprendido en cualquier tiempo pasado de nuestras vidas; recordamos miles de objetos, letras, números, nombres, personas, lugares, amores, alegrías, dolores, errores, y un sinfín de cosas que contribuyeron a la formación de nuestro carácter, personalidad y cultura; de tal suerte que cada individuo va a responder de manera diferente, ante una misma situación; porque en el arsenal de los recuerdos existen diversas herramientas empleadas en épocas pasadas, que para algunos individuos tuvieron muy buenos resultados, pero para otros fueron frustrantes;  por eso, vemos que para algunos resulta muy fácil realizar algo, que para otros es sumamente difícil; los recuerdos del pasado, son determinantes para hacer algo en el presente. Por eso es tan importante la capacidad de recordar, que es diferente en cada individuo; por lo general los jóvenes tienen mayor capacidad de retención; ésta cualidad va disminuyendo al acercarse a la edad madura, pues tiene relación con el número de neuronas del cerebro, que se van perdiendo poco a poco al paso del tiempo.

En la etapa final de la vida, los que han podido llegar a la vejez; llevan el paso cansado, la espalda encorvada, o permanecen inmóviles en una silla de ruedas, muchos ya no conservan la lucidez mental. Sus recuerdos se han ido diluyendo o perdiendo con el tiempo; en la etapa final de la vida se padecen enfermedades degenerativas, que hacen difícil la existencia; muy pocos ancianos disfrutan de sus recuerdos.

Por todo lo referido, en cada etapa del ser humano, podemos apreciar la importancia que tienen los recuerdos, ya que sin ellos no se puede ser una persona independiente, libre y segura de sí misma; pues tanto el bebé que aún no guarda ningún recuerdo, como el anciano que ya los ha olvidado todos, viven en un mundo extraño, son seres indefensos, dependientes de otras personas, ellos requieren siempre a su lado, alguien que los proteja y atienda todas sus necesidades, pues de otro modo no podrían subsistir.

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