René Avilés, las plumas del “búho” han partido

René Avilés, las plumas del “búho” han partido
0 14 octubre, 2016

Nallely Pérez.

Debido a que fue coetáneo de José Agustín y Gustavo Sainz, así como cercano a otras figuras de la llamada literatura de la Onda, en la historiografía de las letras mexicanas a Avilés se le atribuye haber sido parte de esta oleada, no obstante su variada obra dista de los principios estéticos del resto de los implicados en esta clase de literatura, dígase Parménides García Saldaña, el cual mostró sin tapujos el caló de la juventud connacional de los años sesenta.

Como cada domingo René Avilés Fabila preparaba el pasado 9 de octubre su asidua colaboración para el periódico Excélsior. Implantado el otoño en la capital mexicana, el frío de las primeras horas de la mañana se dejaba sentir, él twiteaba adelantos de “Hechicería y amor”, artículo en el que abordaba las prácticas espiritistas del mártir de la democracia mexicana, Francisco I. Madero, y advertía que los espectros a los que el antirreleccionista contactaba olvidaron advertirle a éste sobre la puñalada por la espalda que Victoriano Huerta le daría.

Así trascurría la faena dominical, día en el que, aunque se asegura ha sido hecho para descansar, Avilés no daba pausa a la escritura, porque él vivía para escribir y a eso se dedicó por más de cinco décadas. Sí, Madero no fue advertido de la traición pero este escritor, periodista y catedrático tampoco, minutos después del aludido tweet fue sorprendido por un fulminante infarto que le arrebató la posibilidad de festejar el próximo 5 de noviembre su cumpleaños número 76.

Su muerte al estilo José Emilio Pacheco, quien también murió una mañana del séptimo día, circuló en el portal del periódico La Crónica de hoy, uno de los primeros medios en confirmar el deceso del “búho” como también se le conocía, gracias al suplemento de dicho nombre que dirigió en 1984. Apenas pasaba del mediodía y en las redes sociales poco se decía de su partida, pues pese a lo prolífico de su pluma, Avilés no gozó de las mieles de ser un best seller y, sin embargo, ha sido uno de los pocos literatos mexicanos que han visto traducidos al coreano títulos de su autoría (La canción de Odette y El gran solitario de Palacio).

Nacido en la Ciudad de México a finales de 1940, desde pequeño tuvo a su alcance una nutrida colección de títulos pertenecientes a la biblioteca de sus padres, quienes se dedicaban a los quehaceres escriturales, hecho que, sin duda, marcó su vocación escritural. Ávido lector, guiado por su madre, la cual le obsequió a temprana edad una máquina de escribir y un diccionario, la trayectoria de René Avilés se remonta a su adolescencia, época en la que en la sala de su casa montaba obras teatrales para sus primos pequeños. Cabe mencionar que su padre, con quien no convivió mucho, fue amigo de figuras de la intelectualidad mexicana de la primera mitad del siglo XX, como lo fuera Jaime Torres Bodet, entre otros.

Debido a que fue coetáneo de José Agustín y Gustavo Sainz, así como cercano a otras figuras de la llamada literatura de la Onda, en la historiografía de las letras mexicanas a Avilés se le atribuye haber sido parte de esta oleada, no obstante su variada obra dista de los principios estéticos del resto de los implicados en esta clase de literatura, dígase Parménides García Saldaña, el cual mostró sin tapujos el caló de la juventud connacional de los años sesenta. Sus influencias son amplias, en sus años de preparatoria formó parte de un taller literario impartido por el jalisciense Juan José Arreola, del cual surgió la revista Mester.

La prosa del “búho” se caracterizó desde sus albores por una línea ácida y cínica, tal y como lo constata su debut literario, Los juegos (1967), novela en la que aborda con ironía las manías de las cúpulas literarias del país a partir de nombres ficticios que no obstante se traslucen, hecho que en su momento le valió que uno de los encargados de la prestigiada editorial Joaquín Mortiz le recomendara al joven escritor quemar esas páginas que bien podrían traerle serias enemistades.

Pese a haber sido un incansable obrero de la palabra, siempre puntual y acertado en las miles de páginas que escribió al calor del paso del tiempo, desde su juventud se caracterizó por ser un espíritu rebelde que no temía decir lo que otros callaban por temor a no ser “santos de la devoción” de los ejecutantes del poder literario. En este sentido, son conocidos los roces que tuvo con Fernando Benítez, o la desaprobación que en los años sesenta le provocaba el proceder de Carlos Fuentes, el escritor súper estrella de aquel entonces.

Lo único que le interesaba a René Avilés era la literatura y a eso pudo haber dedicado de lleno toda su existencia pero es bien sabido que, como señaló Césare Lombroso, “el verdadero hombre no es el literato ni el erudito, sino el hombre que trabaja y come”, por ello, por miedo al hambre y la miseria, Avilés fue un profesionalizado de la escritura —como lo serían también Manuel Gutiérrez Nájera y otros tantos escritores pertenecientes al modernismo—. Después de cursar Relaciones Internacionales, se empleó tanto en el periodismo como en la docencia, las dos vías económicas por excelencia a las que el letrado, si es que carece de un mecenas, tiene que recurrir para sobrevivir.

Apenas cumplida la mayoría de edad, que tiempo atrás se obtenía a los 21 años y no a los 18 como en la actualidad, René Avilés comenzó a colaborar en El Día, tiempo después se integraría a Siempre, publicación especializada en cultura. Además, formó parte de la redacción del suplemento de El Nacional, llamado Revista Mexicana de Cultura, así como del diario Unomasuno y fue colaborador de La Crónica de hoy, entre otros tantos medios de comunicación escrita. Su ininterrumpida labor periodística lo hizo merecedor en 1991 del Premio Nacional del Periodismo por Difusión de la Cultura.

Por otra parte, desde que inició su trayectoria como catedrático, en 1975, se enfocó en impartir lecciones de literatura a los estudiantes de periodismo de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, pues tenía claro, como testimoniara en su obra La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura, la necesidad de que el nuevo periodismo —encabezado por figuras como Tom Wolfe y Hunter S. Thomson— se nutriera de fuentes literarias para lograr así una simbiosis que dotara de una estética los asuntos de la cotidianidad noticiosa. Su constante preocupación por preparar a las nuevas generaciones lo llevó a ser uno de los fundadores de la UAM, en recientes fechas fungió como consejero editorial de El Mollete Literario, suplemente de Indicador Político, que acoge a plumas de egresados de letras hispánicas y comunicación.

Al igual que José Revueltas, estuvo afiliado al Partido Comunista de México. Aunque ciertas fuentes sostienen que vivió en carne propia el Mayo Francés (1968), ya que realizó en París estudios de postgrado en la Universidad de la Sorbona, la realidad es que no fue sino hasta 1970 que Avilés arribó a la capital francesa al lado su esposa, Rosario Casco Montoya, quien lo animó a ir a estudiar a Europa. Durante sus tres años de estadía en dicho centro de estudios el autor de Hacía el fin del mundo continúo enviando colaboraciones al Excélsior, diario en el participó hasta el final de sus días.

Prolífico, autor de alrededor de 30 títulos, su pluma cultivó una escritura más allá de la canónica narrativa ficcional, además de cuentos y novelas, Avilés capturó sus hondos pensamientos en distintos libros ensayísticos, así como en incontables artículos perdidos en las numerosas publicaciones periódicas en las que participó. Entre sus obras fundamentales se encuentran, además de los títulos mencionados líneas atrás, La cantante desafinada, Fantasías de carrusel, Lejos del Edén: la Tierra, Réquiem por su suicida, El diccionario de los homenajes, De secuestros y uno que otro sabotaje, así como El Evangelio según René Avilés Fabila. Publicados todos ellos a lo largo de medio siglo en distintas editoriales nacionales y extranjeras.

Tal vez a la obra de René Avilés Fabila sea aplicable la sentencia que Carlos Díaz Dufoo Jr. hizo en contra del éxito literario, la cual aseguraba que “éste [el éxito] es el peor enemigo de la elegancia, cuya defensa natural es la impopularidad, y cuya esencia es el secreto de un ritmo que sólo a unos cuantos es dado advertir”. De esta forma se aclararía por qué la calidad escritural del ahora finado autor aquí expuesto no ha de medirse por la cantidad de lectores que tuvo su escritura.

Tras haber partido de este mundo, “el búho” deja dos libros inéditos, uno de cuentos y otro de corte ensayístico, según asegura su viuda; los cuales es previsible se publiquen de manera póstuma para que así se integren a su colección de “hijos”, los cuales Avilés deseaba le sobrevivieran.

La labor de este incansable de la difusión literaria y cultural, de este hombre que entre las numerosas actividades que realizó se encuentran haber sido el primero en editar la obra de Francisco Zarco y fundar el Museo del Escritor, ha llegado a su fin. René Avilés Fabila murió haciendo lo que más disfrutaba hacer, escribir. Descanse en paz.

*Texto publicado en El Mollete Literario, Octubre 15 (núm. 38), Tercera época.
René Avilés Fabila Foto: foto_2.bp.blogspot.com

René Avilés Fabila
Foto: foto_2.bp.blogspot.com

René Avilés Fabila Foto: foto_vocesdelperiodista.mx

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