La igualdad de la desigualdad en la mujer… (y el hombre)

La igualdad de la desigualdad en la mujer… (y el hombre)
0 8 marzo, 2017

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Galileo.

La igualdad no es cosa de días, o cuando menos no lo  debería. En principio todos somos ciudadanos bajo la égide de La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el París de la posguerra el 10 de diciembre de 1948. Una larga carrera tuvo que pasar desde La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789 como epílogo de la  Revolución francesa. Sin embargo nunca más que hoy es vigente aquella declaración de los cerdos en la granja de George Orwell “todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros”.

 

El Día Internacional de la Mujer celebrado el 8 de marzo se constituye como parte de esa “lucha por la igualdad” en la que, aún de forma simulada pretendemos que no hay diferencias entre todos “los animales de la granja”; mucho ha logrado la mujer en cuanto a sus derechos desde las primeras marchas en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza el 19 de marzo de 1911 buscando condensar una lucha de siglos bajo la “sombra perenne” del patriarcado. Justo es la Revolución francesa el germen inequívoco de todas las igualdades jurídicas donde la mujer toma conciencia de su “desigualdad” y podríamos decir sin temor a equivocarnos, junto con todos los hombres.

 

Y contraviniendo el sentido de la desigualdad natural de Thomas Hobbes, la sociedad se empeña en su igualdad, aún simulada pero también necesaria. Pero, ¿habría que proponer una igualdad genérica o una igualdad total?, o ¿acaso marcar el énfasis en la diferencia, no es enfatizar una desigualdad? Puede ser que la mujer, en su sentido de “igualdad” sólo está más sometida, más alienada a las condiciones de la sociedad industrial, desarrollando actividades masculinas y continuando con sus propias responsabilidades de género, a menos que sea una feminista radical que denosta toda manifestación de la más mínima feminidad, ¿o será una lucha por la igualdad de las desigualdades?

 

Pero no se puede dejar atrás el mérito que representa la posibilidad de ejercer determinados derechos en lo que respecta a las sociedades “occidentales”, iguales de jure pero no de facto, reducimos nuestros términos de igualdad en poder sorber la misma coca cola que sorben todos, tener nuestro equipo favorito, solventar la cuota de género, reservar los asientos amarillos a los de la tercera edad (que prefieren no sentarse en ellos), recitando consignas en las marchas antiloquesea o afavorloquesea. No hay duda que lo que nos define como sociedad moderna y democrática es nuestra desigual igualdad, igual que en la granja de George Orwell.

 

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