Maritere, “la dama de las mil canciones” 1/2

Maritere, “la dama de las mil canciones” 1/2
0 8 marzo, 2018
6 de marzo de 2018

Homero Torres

A principios de esta semana me enteré de una noticia que me parecía increíble por inesperada,  Maritere había abandonado este mundo y sus cenizas serían depositadas en la iglesia de San Nicolás de Bari –santo del que era devota– allá por el rumbo de la vidriera en esta ciudad de Guadalajara. Todavía ahora me cuesta trabajo resignarme a que ello sea cierto, apenas en diciembre pasado Mina mi esposa y yo nos habíamos reunido  con ella acompañados por otras dos personas que consideraba entrañables: Mary Paz Cuevas y Guille Rivera precisamente en la casa de esta última. Esa tarde nos encontramos con la Maritere de siempre, animosa, bromista y contenta, derrochando la simpatía que siempre poseyó y físicamente con muy buena apariencia, si acaso había incorporado a su persona un discreto bastón que más bien le servía para tener seguridad al caminar, ya que era evidente que no lo utilizaba todo el tiempo y hasta lo olvidaba por ahí en algún lugar. Cuántos recuerdos vienen a mi mente del maravilloso lugar que ella inventó: “El Gato Verde” que subsistió casi cuarenta años. Cuántas anécdotas y personajes desfilaron por ese bar de la Colonia Americana, que se convirtió en un ícono para toda una generación. Sin duda muchas y muchísimos.  Me asalta con frecuencia la imagen de aquella larga barra revestida en negra piel abullonada detrás de la cual Maritere preparaba cocteles, al mismo tiempo que, micrófono en mano cantaba boleros inmortales como ella lo es ahora, para su público, para sus clientes, para muchos que la conocimos.

La primera vez que la vi fue una noche en que Mina me sugirió tomar una copa en un lugar que en sus palabras era “especial e increíble”, debe haber sido un fin de semana a temprana hora ya que en el bar había sólo unas cuantas mesas ocupadas, Maritere nos recibió y ya ambientaba el sitio Pepe López, su hermano, quien la acompañaba al piano y conocía el extenso repertorio de boleros y canciones románticas que ella guardaba en su memoria y que le valió el mote de “La dama de las mil canciones”, pero como Mina afirma y con razón,  seguramente sabía más de mil. Esa atmósfera tan especial que se sentía en “El Gato Verde”  me atrapó al cruzar la puerta de entrada, el piano, las mesas redondas con sus cómodos sillones individuales negros; el friso abullonado en piel que  circundaba la parte baja de los muros; aquellos grandes espejos ovales; la enorme barra y los anaqueles iluminados con una tira de luz neón que contenían diversas botellas de licor alumbradas a media luz, como en el tango que cantaba Gardel del uruguayo Carlos Lenzi y enriquecido todo con la presencia de Maritere; de la música y del nostálgico tiempo ido transportado al presente que se respiraba hasta en  el último rincón. En esa ocasión no teníamos ni remotamente la idea de que ese mágico lugar pudiera pertenecernos y aunque fuimos los propietarios del bar prácticamente sus últimos cinco años de existencia, el “El Gato Verde”  no podía disolver -ni lo pretendimos- el vínculo de pertenencia con su creadora, su especial ambiente y la relación con sus tradicionales visitantes.

Las sillas alrededor de la barra invitaban a sentarse ahí mismo, de hecho muchos de los clientes gustaban acomodarse alrededor de ella, muy próximos a la cantante quien preparaba las bebidas frente a sus ojos, pero también y sobre todo, porque en la barra podían platicar con ella durante los espacios en que el piano de Pepe interpretaba melodías sin la voz de Maritere. “La dama de las mil canciones” era también una extraordinaria receptora de charlas, consejera de almas, contadora de chistes, médico de ocasión y muchas otras cosas,  sabía escuchar pacientemente y  verter su experiencia y consejos a quien lo solicitara, sobre todo en temas de amor y desamor, que tras unos bien servidos tragos, emergían de las profundidades del alma hasta los atentos oídos de Maritere en su faceta de “gurú espiritual”.

Tras de la barra cantando y preparando los tragos Tras de la barra cantando y preparando los tragos

Había visitantes asiduos, viejos clientes y esporádicos; turistas de una sola ocasión; jóvenes trasnochados; artistas y escritores; entre otros muchos. Recuerdo bien a varios de ellos, de algunos solo conservo un recuerdo vago, una cara, una sonrisa o algún gesto particular. Pero Maritere prácticamente conocía a todos, se acordaba de sus nombres, de donde venían y que tomaban, “…fulano bebe ron Havana 7 años pintadito…aquel toma Siete Leguas blanco derecho…Este otro es como “Bin Laden” se echa dos Torres y listo…”.  También llegaban clientes bohemios a quienes les gustaba cantar entre copa y copa, cuando eso ocurría Maritere administraba el micrófono en función de diversas variables, entre los puntos a favor estaba que cantaran bien,  que dejaran buenas propinas o fueran clientes de buen consumo, sin embargo y como es natural los había que cantaban muy mal, por lo cual, ella discretamente escondía el micrófono o se ponía a cantar después de la primera fallida interpretación. Recuerdo al Lic. Riebeling que solía llegar cerca de las dos de la madrugada en martes o miércoles cuando casi no había gente y “a media estocada” -para usar el típico lenguaje cantinero- casi al cierre y siempre pidiendo la misma canción: “No te importe saber” del cubano René Touzet.

-Mira nada más -decía Maritere­- no has pedido trago, ya vamos a cerrar, fuiste a otro lado toda la noche y vienes solo a que te cante tu canción.

-Bueno,  dame una cerveza -contestaba Riebeling-

-Ah mira que listo, por una cerveza, ve a que te la canten allá donde estuviste

-Bueno Mary -contestaba sonriente-  la canto yo: “No comprendo me dices/como es que sientes/este amor tan vehemente solo por mí/…/no es que quiera decir/que tú has sido el único amor para mi/ni que el beso que aún siento ardiente ha sido el primero/…”

-Qué bárbaro, qué desafinadota te diste mejor te la canto yo: “…no te importe saber que mi boca besará otra boca una vez/ pues no hay huellas ni existen recuerdos que no borres tú/tú cariño me ha traído un algo, un no se qué/que no deja que mis ojos miren más que hacia ti.”

Sobrevino el aplauso y Maritere agradeció como lo hacía siempre al terminar una canción: agudizando más su voz para emitir su musical palabra “graaciass”, con un tiple muy característico que se convirtió en una seña distintiva de ella y reconocida indudablemente por todos los que alguna vez la escuchamos, tal era Maritere, con una conexión especial con todos sus clientes, recuerdo que una noche la encontramos inconsolable y llorando cuando supo que debido a un accidente el Lic. Riebeling había muerto.

Mucha gente participó del mito urbano que se fue creando en torno al “El Gato Verde” a través de sus cuarenta años de existencia, seguramente se podrían llenar varios volúmenes escritos de anécdotas y recuerdos de personajes que formaron parte de ese ambiente y de la ciudad de Guadalajara, que ha cambiado tanto desde los años setenta hasta nuestros días. Yo sólo puedo atestiguar una pequeña parte de esa historia, únicamente los últimos cinco años y aún así me costaría trabajo recordar puntualmente a esa gran  cantidad de parroquianos con los que convivimos al lado de Maritere, a quien siempre admiré por muchas cosas destacando entre ellas su agilidad mental.

Con Pepe su hermano acompañándola al piano Con Pepe su hermano acompañándola al piano

El bar era visitado por muchos representantes del ambiente de la política; médicos destacados y profesionistas de todo tipo; artistas varios; jóvenes estudiantes; parejas de esposos, novios o amantes; músicos de diversos géneros, que al calor de los tragos se imbuían de un ambiente propicio para echarse un “ palomazo”. También me tocó disfrutar las recurrentes visitas de muchos escritores y gente del medio literario que año con año visitaban la Feria Internacional del Libro de Guadalajara FIL, desde editores nacionales y extranjeros; hasta escritores consagrados o en ciernes; conferencistas, periodistas, etc. La semana de la FIL representaba la mejor del año en cuanto a ingresos para el bar. No podría mencionarlos a todos porque parecería un catálogo de escritores, recuerdo a muchos ganadores de premios y reconocimientos en la FIL o en otras latitudes, así como personas de fama reconocida, tengo presente una ocasión en que Dante Medina nos llamó y nos preguntó si abriríamos un domingo, justo al inicio de la feria, ya que quería llevar al muy culto y bien recordado Rafael Tovar y de Teresa a conocer a Maritere y su ”Gato Verde”,  obviamente abrimos y disfrutamos su presencia. Recuerdo también a Margo Glantz visitándonos el mismo día en que le otorgaron el premio Sor Juana Inés de la Cruz, o a Gonzalo Celorio de quien Maritere decía que era su novio y bromeaba con él, incluso si llegaba acompañado le decía que no era celosa.

Eran tantos los visitantes durante la FIL que no abundaré en ello, excepto por la consentida del bar  y  sin lugar a dudas también la preferida de Maritere, Cristina Rivera Garza, la única ganadora en dos ocasiones del premio Sor Juana, la causante de que tras su segundo premio se modificara el reglamento para impedir en el futuro que se presentara esa poco probable situación. Cristina siempre visitaba a Maritere durante su estancia en la ciudad, a veces diariamente durante los días que ella permanecía en Guadalajara,  invariablemente iba a  “El Gato Verde” a escuchar boleros, pedir canciones y platicar con Maritere,  a veces llegaba sola y en otras ocasiones acompañada de un muy agradable y numeroso grupo  de personajes conocidos de las letras. Había tanta afinidad entre Cristina y “El Gato Verde”  que presentó ahí su libro “Dolerse textos desde un país herido” y no fueron pocas las ocasiones que después de las tres de la mañana se quedaba en petit comité con sus amigos o con Maritere platicando animadamente. Recuerdo también la publicación de una emotiva foto de Maritere que la propia Cristina incluyó en su memorable blog denominado “No hay tal lugar” en noviembre del 2008, en ella aparece detrás de la barra sirviendo tragos y sonriendo, que es la imagen que creo que muchos de nosotros conservamos de ella y en la que la escritora escribió al pie “La gran María Teresa sirve tequila y camina despacio y canta hasta las tempranas horas del alba entre la barra y el piano” .

Con la muerte de Maritere culmina definitivamente una especial etapa de la vida nocturna de la zona metropolitana de Guadalajara, queda también para muchos tapatíos el recuerdo de una época en la que reunirse confortablemente alrededor de un piano, en un bar,  con el trago preferido y con Maritere era una de las mejores maneras de esparcimiento nocturno, hoy casi no sobreviven lugares de estas características, algo muy distinto a lo que ocurre actualmente, donde las nuevas generaciones repiten estribillos a veces ininteligibles, de pie, con un vaso en la mano y con tanto ruido que la comunicación se hace casi imposible.

Muchos recordaremos durante nuestra existencia a Maritere, sus canciones y su voz; sus increíbles habilidades que le permitían cantar, preparar tragos y hacer cuentas al mismo tiempo. También la recordaremos con su buen humor y ganas de trabajar y con su filosofía personal llena de cábalas, pero también de consejos para sus clientes. Maritere detentaba un carácter lo suficientemente firme como para enfrentar los problemas con todas las fuerzas de las que disponía y creo también que muchos la recordaremos como una mujer que trabajó toda su vida pensando en sus hijos y nietos a quienes dotó de casa y sustento.

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