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Festejando con jazz la vida y la libertad
Winton Marsalis, su orquesta, Paquito de Rivera entre otras estrellas del latin jazz, un concierto para no olvidar

Erik Castillo Camacho

 

 

 

El reloj marcaba las 8.15 pm, Av. Laureles con tráfico normal, algunos taxis, jóvenes de boina, sacos con coderas, tacones en las escalinatas, adultos con canas prominentes y gestos relajados. La ciudad parece que no acaba por tomar conciencia de lo que la acecha.
El frenesí está por desatarse, la alineación es insuperable: en el saxo la magia del Caribe con Paquito de Rivera, Diego Urcola acompaña en los metales con el malevaje de la Pampa, la reinvención del arpa es responsabilidad del colombiano Edmar Castañeda, México apuesta en la batería por la esquizofrenia rítmica de Antonio Sánchez, y en el piano se dibujan las noches con luna de Andalucía, noches que nacen de los dedos de Chano Domínguez. Sin embargo el jazz, aunque es de cualquiera, nació en Nueva Orleans y por ello a todos los reúne esta noche el genio de Winton Marsalis y su implacable orquesta.
La comunión es rápida entre público y artistas. Chano comienza con una pieza en tres tiempos que ya permite entrever los motivos de la velada: origen, identidad, independencia, libertad. Una bulería se contonea de forma coqueta por las comisuras del cajón peruano y el tablado, a la vez que una nota rebelde salta al precipicio desde un trombón, para enseguida abrirnos el álbum de fotografías en donde Nueva Orleans continua latiendo en blanco y negro. Las pistas del concierto están dadas.
Si la independencia de un país tiene como fin último la libertad, el jazz es el vehículo más adecuado para celebrarla. En el escenario hay representantes de varios países que celebran su independencia: Argentina, México, Colombia. Sobre todo hay una decena de músicos que celebran la vida y la libertad sin connotaciones políticas ni históricas. Hombres que crean sueños desde las notas musicales, que reinventan la vida y multiplican sus posibilidades con un soplido que sale del fondo del cuerpo, transita por los metales y se queda guardado en nuestros corazones.
El reloj avanza, pero el tiempo no, otra capacidad del jazz. Urcola arremete con la potencia de Piazzola y su libertango, Chano responde con la nostalgia invaluable de su arreglo en sincopa para La Llorona. El tiempo continua haciendo su paréntesis para que desfile una Adelita con notas funkeras, una trágica e irrepetible Alfonsina y el mar y un montón de sonidos de belleza única, que se hacen nudos en la trompeta de Marsalis, para luego deshacerse y convertirse en imágenes borrosas de Gillespie, Parker, Monk y del mismo rio Misisipi.
Todo es descubrimiento, hasta que el tiempo se articula de nuevo, cierra el paréntesis, enciende las luces, vuelve a dar sentido al maquillaje de las damas y a las boinas de los jóvenes. Pero algo alcanzamos a respirar todo el público, adivino que fue el olor inigualable de la libertad.

 

 

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