Un enfermo de nervios en el tren (acuérdate del café y las servilletas verticales) | Sobrevivir

0 11 mayo, 2015

Ingrid Valencia

Poco antes de despertar soñé algo extrañamente bello de lo que media hora más tarde apenas sabía nada más.

Robert Walser

Y uno está con fiebre envuelto en sudor bajo las cobijas, expuesto al humor fétido del cuarto y ante los ojos de la presencia deleznable.

     Es la mirada que se olfatea. Es la mirada que lo sabe todo y uno debe rendirse, disfrutarlo o continuar dentro de la espesa neblina maloliente.

      A veces el llanto o el temblor de las manos son un alivio, sobre todo porque indican que uno puede moverse incluso con miedo. Con el tiempo escasean los recursos de la expresión, uno se acostumbra a la enfermedad, a la mirada vigilante, al olor propio del hartazgo.

     Un paranoico debe hacer un hueco en la pereza, llevar al máximo la rutina circular para entender lo que está de más, lo desarticulado, y señalar lo que sale de control. Durante el trayecto cotidiano habrá de saludar a los mismos comerciantes y cerrar los ojos en el metro, fingirá la siesta para no mirar los rostros ni los zapatos de la gente y así evitar la cansada observación de gestos y manías.